Leopoldo Mendívil
Jueves 6 de Noviembre de 2008
DR. LUIS TÉLLEZ KUENZLER, SECRETARIO DE COMUNICACIONES Y TRANSPORTES:
No recuerdo la fecha; sólo el hecho que ocurrió a finales de los años setenta, principios de los ochenta, como seguramente usted y muchos más también.
Era una cálida tarde capitalina cuando un viejo avión tetramotor de carga lleno de caballos de carreras despegó del aeropuerto internacional de esta capital, pero ya en el aire sus motores comenzaron a perder fuerza y el piloto —se sabría después— a hacer cuanto esfuerzo estuvo a su alcance para no chocar contra algún edificio, principalmente, y paradójicamente la torre de Mexicana de Aviación, allá en Xola. Lo más que pudo fue sacar la aeronave lo más posible del área urbana y dejarla caer sobre la carretera libre a Toluca, a esa hora repleta de vehículos, poco adelante del puente de Conafrut.
Pocos días después, conversando con una funcionaria de Aeropuertos y Servicios Auxiliares, le dije que podrían venir consecuencias más graves para la ciudad por el hecho de tener el aeropuerto dentro de ella.
“Pues sí —respondió—, pero es demasiado costoso construir un aeropuerto nuevo.”
“Claro —le respondí—, es más barato pagar los funerales de los muertos…”
Ella se molestó, dio media vuelta y se fue a su oficina.
La aeronave ejecutiva en que antenoche murieron Juan Camilo Mouriño, José Luis Santiago Vasconcelos, Arcadio Echeverría Lanz, José Miguel Monterrubio Cubas, Norma Angélica Díaz Aguinaga, Julio César Ramírez Dávalos, Giselle Carrillo, Álvaro Sánchez Jiménez y Martín de Jesús Oliva y cuatro personas que se encontraban en las cercanías del impacto, pudo haber provocado una cantidad mucho mayor de víctimas si el piloto Sánchez Jiménez hubiera tenido la oportunidad de maniobrarla para hacerla descender planeando.
Esto no ocurrió porque el aparato, aparentemente envuelto en llamas o al menos con “una colita de luz”, según relató un testigo presencial, se precipitó al suelo y prácticamente se deshizo entre las llamas provocadas por su combustible.
Pero aquella conversación que le cuento, secretario Téllez, retoma vigencia y no la perderá en tanto se mantenga el error cometido por Vicente Fox cuando se desistió de la construcción del aeropuerto de Texcoco.
Sólo que, ahora, las condiciones impuestas por la crisis financiera mundial quién sabe cuánto tiempo más obligarán a la capital a mantenerse en riesgo de otra tragedia aérea.
Por lo pronto, usted hizo ayer un trabajo brillante, primero dando a conocer toda la información técnica reunida durante las primeras horas siguientes a la caída de la aeronave y, segundo, tratando de evitar especulaciones en torno a las causas de la tragedia, a pesar de lo difícil, de lo prácticamente imposible que resultó impedir que las propias explicaciones técnicas pudieran contrarrestar las evidencias que una y otra vez, a medida que usted y los técnicos en aeronáutica, expusieron los hechos. ¿Cómo explicar que aun cuando el piloto Sánchez Jiménez fuera relatando al controlador aéreo que la nave respondía a la perfección a la guía y a las órdenes de descenso, de pronto su voz desapareció de los auriculares al tiempo que las señales luminosas del aparato desaparecían del radar..?
Y si a eso agregamos las palabras del presidente Calderón en su consternado mensaje a la nación sobre el drama luctuoso, amistoso y político que vivió antenoche, pocas dudas pueden persistir sobre las causas no técnicas del desastre. “Nunca dudamos (Mouriño y él) en empeñar nuestras vidas para ver realizados nuestros sueños de ver engrandecida a nuestra Patria... Su muerte me causa un enorme pesar, pero al mismo tiempo es para mí un motivo poderoso para pelear sin descanso, y ahora más que nunca por los ideales que compartimos… Pido a todos los mexicanos que ningún acontecimiento, por doloroso o difícil que sea, como por supuesto lo es éste, nos haga desfallecer en nuestro anhelo de tener un México mejor”, dijo el Presidente.
Y es obvio que una falla técnica no pudo ser el motivo de esas palabras. Como antenoche, como ayer, esta mañana México sigue en vilo. Hubo quienes ayer me dijeron que se sentían “amenazados”, “agredidos”, “dañados” por lo que prácticamente todos siguen considerando un atentado, un sabotaje, un acto de terror; pero todos le agradecemos, secretario Téllez, su sincero esfuerzo por mantener la serenidad e intentar compartirla con cuantos desde la mañana le escuchamos. Es, ciertamente, la mejor actitud que debemos mantener. Controlar la ira, contener el miedo, frenar la ofuscación.
Pero acrecentar la decisión de asumir la responsabilidad que nos compete, y ocupar el lugar de la trinchera que nos toque…
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=396089
jueves, 6 de noviembre de 2008
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