Manuel Villa
Lunes, 13 de octubre de 2008
Se insinúa, otra vez, la fantasía del derrumbe que se pretende ha de seguir a una crisis mayor del capitalismo. Esta ilusión, recurrente de las izquierdas, parece moverles excitantemente al entusiasmo. La reiterada experiencia de la capacidad del sistema para llevar a la descomposición parte de sus segmentos y regenerarse en otros nuevos cíclicamente, parece tenerles sin cuidado. Más entusiasmante resulta esta ilusión catastrofista en el marco de la izquierda mexicana.
Se reitera lo que aquí ya se había planteado: la incapacidad de los sectores del espectro radical antisistema para entender el contexto y plantear estrategias de acción realistas y responsables; actitud recurrente durante todo el siglo XX mexicano y, según se ve, firmemente retomada en los días que corren. En esta última fase neoliberal y globalizada, el amplio espectro que va del centro izquierda hasta el radicalismo, nunca consiguió ver con claridad la situación nacional. La parte más oscura de sus puntos de vista se revela en su extremo provincianismo frente a una realidad en la que lo internacional, la apertura al flujo de corrientes, procesos y fenómenos entre países, resultan claves fundamentales. Por el contrario -y esto no sólo en México sino en toda Latinoamérica-, recurrieron al nacionalismo con tonos hasta étnicos y, en el límite, populacheros, como en el lopismo-perredismo.
Durante el siglo XX las izquierdas, en México principalmente, nunca quisieron entender el nacionalismo; cuando tenía sentido y valor político, lo denunciaron como reaccionario, con su inagotable gusto por el maniqueísmo. En su lugar, enarbolaron un pretendido internacionalismo proletario o formas más o menos aproximadas de ello. Cuando se habló oportunamente -porque era una modalidad promisoria en muchos países-, de un frente nacional de sectores nacionalistas del capital y de otras fuerzas populares, los radicales rechazaron la opción; más todavía, el izquierdismo apegado a las líneas estalinistas. La Revolución Cubana resultó la mejor vitamina para renovar y fortalecer el nebuloso internacionalismo. Como se vería al final de los años ochenta del pasado siglo, el internacionalismo de las izquierdas se diluyó en la nada, y nada supieron hacer frente al nuevo internacionalismo de la globalidad, éste sí muy terrenal y efectivo. Por el contrario, más hundidos en las trampas del pasado, ahora se tornaron nacionalistas, cerrados, duros; López Obrador abanderaría hasta la estulticia el nacionalismo viejo y carente de horizonte.
Ahora acaban de dar muestra de su estrechez de perspectiva. La ocasión de la entrega de la Medalla Belisario Domínguez por el Senado de la República, les abrió la oportunidad en dos sentidos: ya fuera -como lo indicó en estas páginas Carlos Ramírez- reconciliándose con su pasado, postulando a uno de los verdaderos luchadores, a un insigne de la contienda política desde el lado de los trabajadores y los desposeídos; o bien, se agrega aquí, optando por un personaje de la nación que indicara las señales de futuro en beneficio de la reintegración de fines colectivos, precisamente lo que no ha sabido conseguir el gobierno de Felipe Calderón.
Por el contrario, optaron por el inmediatismo, por su icono de culto en el escenario mediático. Que la comunidad del periodismo tenga sus figuras egregias -que siempre lo serán parciales dado su sano pluralismo- es algo respetable y legítimo. Pero en este caso ni de eso se trataba. La cobertura de la ceremonia de entrega de la Medalla Belisario Domínguez así lo testimonia en las notas interiores, discretas a todas luces.
Es que no se postulaba a un personaje, hombre o mujer, de convergencia nacional, sino al descollante dentro de la capilla izquierdista. Abusando, además, de los avatares de la condición humana. Así, frente a un mundo que vibra en fuerte y amplio sentido internacional, las izquierdas y sus intelectuales apenas si vibran desde el pequeño espacio del provincianismo.
Si se reflexiona con el rigor y la frialdad que postulan esos sectores de la prensa, lo que aparece es la desventura de una izquierda sin horizonte, autocomplaciente, que nada ofrece a la nación, pero que toma de ella recompensas para los suyos.
http://impreso.elfinanciero.com.mx/pages/Ejemplar.aspx
martes, 14 de octubre de 2008
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