viernes, 24 de octubre de 2008

El provocador

Miguel González Compeán
Viernes 24 de Octubre de 2008

Nada cuesta más trabajo en las democracias que aceptar la derrota. Con razón se ha repetido muchas veces aquello que Felipe González, ex presidente de España, ha dicho: a los demócratas se les reconoce en la derrota. Aceptarla, reconocerla como parte de la voluntad popular expresada en las urnas y con un sistema de representación construido y aceptado entre todos, es el centro y la verdadera razón del proceso democrático. Mucho también se ha dicho, a propósito de los que ganan. En la victoria se debe ser generoso, comentan; los victoriosos deben ser incluyentes, se asevera; deben mostrar las virtudes de aquello que propusieron y que convenció o se impuso a propósito de la bondad de lo dicho. Los ganadores deben incluir a las minorías, tal vez ése deba ser uno de sus valores principales. Andrés Manuel López Obrador ganó en la discusión petrolera. Ganó tiempo. Ganó al abrir la discusión sobre el papel de Pemex y su destino. Ganó sobre la discusión fiscal y la dependencia del gobierno sobre los ingresos petroleros. Puede ser que éste sea su mayor triunfo, mucho mayor, incluso, que su farsa de hacer creer al mundo que ganó la presidencia. Obtuvo que se hablara de la corrupción del sindicato petrolero. Logró que se articularan intelectuales y analistas dispersos, alrededor de una visión ideológica y política, respecto de las empresas del Estado y el papel de esos instrumentos, en medio de una crisis financiera o económica como la que vivimos. Si ganó, ¿por qué saca a las adelitas y a sus huestes, a tratar de entorpecer la discusión democrática en los lugares arquetípicos de la representación política? Aquellos lugares que hemos dotado de pluralidad y de certeza democrática, que son el reflejo de mayorías y minorías. Es así que cuando se gana, actuar en contra de lo que se ha propuesto o por lo que se ha luchado resulta más que sorprendente. El problema aparece cuando se gana y ese triunfo significa perder el peso, apoyo y compromiso de las huestes, ahí es cuando AMLO tiene ya un problema de incongruencia absoluta. ¿Quería AMLO ganar una discusión o quería darle sentido a su movimiento? ¿Quería servir a México y sus preocupaciones o quería servirse a sí mismo y a su megalomanía?Es de llamar la atención la empinada que AMLO les da, con sus contradicciones, a prácticamente todos sus asesores, entre otros Rolando Cordera —eminente y respetado luchador de la causa—. ¡Qué triste resulta ver cuando se engaña a la gente y peor si el engaño proviene del abuso, la ignorancia y el cinismo de ¡un líder! Andrés Manuel López Obrador hizo precisamente eso hace un par de días con sus huestes. Ha burlado a sus adelitas y a su adorado pueblo, su razón de existencia más íntima y el motivo que le da vida. Lo ha burlado aprovechando la ignorancia general y la verdad que le asiste en sus ridículas sesiones populares colectivas en las que sólo puede preguntar: ¿Verdad que tengo razón, soy el más guapo y me van a seguir? ¿Quién osaría decir que no? ¿Quién se atrevería a contradecir a una masa que se iría encima a golpes y a gritos de “traidor”?AMLO se muere de inanición. Líder nato y con capacidades, no encuentra como continuar con un movimiento que atenta contra la democracia representativa, que atenta contra las instituciones, el devenir y el espacio democrático verdadero. Hacer instituciones y aceptar la decisión de la mayoría cuesta trabajo, pero mostrar que se ha ganado perdiendo: es aún más difícil. Es una pena como cada quien se construye su propio infierno y ante la falta de salidas, se recurre a la provocación. Cerremos calles. Detengamos la operación del Estado. Busquemos un muerto para tener una lucha y una causa para poder sobrevivir. El provocador no quiere guerra, quiere causa y, cuidado, AMLO eso anda buscando, porque no le queda nada más después de haber ganado.

http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=393250

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