Jesús Martínez Álvarez
Jueves 30 de Octubre de 2008
En el pasado, nuestros mayores solían decir “tienes manitas de lumbre” para referirse a aquellos niños que a todo lo que caía en sus manos o que tocaban, algo le pasaba y terminaban por destruirlo. ¿Lo hacían de mala fe o adrede? Desde luego que no. Era simplemente su naturaleza.
Un refrán dice: “solo los necios y los tontos tiran piedras a su propio tejado”. Esta es otra forma en que la sabiduría popular identifica a determinados personajes a los que resulta prácticamente imposible descifrar.
Andrés Manuel López Obrador resulta ser un caso curioso, difícil de definir. Parto del supuesto de que es una persona honesta, probablemente bien intencionado, al que finalmente algo le pasa cuando se propone alcanzar metas o propósitos.
Cuando todos creemos que va directo a obtener una victoria o que prácticamente alcanza el objetivo que persigue, siempre se atraviesa algo para que él mismo convierta en derrota lo que parecía un triunfo o lo transforme en un fracaso.
En la vida y en la política hay personas que tienen la habilidad de convertir una crisis en una gran oportunidad; de hacer de una derrota todo un éxito; que cuando los objetivos y las metas que persiguen parecen muy lejanos y las condiciones son adversas, logran finalmente el triunfo.
Por otra parte, existen también personas a las cuales, por sistema, les está negada la facultad de obtener o concretar los objetivos que persiguen y que tienen una enorme facilidad para echar a perder todo lo logrado.
Para entender a López Obrador, sin mayor análisis político como los que se hacen en donde se trata de encontrar en cada acción una explicación y en cada declaración un mensaje, lo lógico y lo correcto es tratar de llegar a una conclusión basados en sus últimas acciones.
Buscó la gubernatura de su estado contando con una buena oportunidad y no la logró, sobre todo, por la serie de errores en que incurrió durante su campaña.
Sin necesidad, se metió en el famoso caso de la expropiación del predio El Encino, más por terquedad que por convicción. Como resultado de este desacato judicial, fue sujeto de juicio político.
De manera torpe, el gobierno federal en turno se decidió por el desafuero, un procedimiento políticamente equivocado y peor manejado, del cual López Obrador, sin proponérselo, pegó un salto para convertirse en personaje de la vida nacional, convirtiéndose en candidato a la Presidencia de la República, a lo que llegó con un amplio margen en las encuestas, ya que duplicaba a sus más cercanos competidores.
Pero no. Había que buscar la forma de perder esa ventaja y lo logró con una gran facilidad. Se negó a acudir al primer debate de candidatos a la Presidencia de la República, cuando su equipo cercano lo presionaba para que cambiara de opinión y asistiera.
Esta decisión trajo como consecuencia un importante retroceso en las encuestas y un acercamiento importante para sus oponentes. En cada intervención que realizaba en los números mítines que lograba convocar, parecía estar ansioso de perder ese margen aceptable que todavía conservaba y nuevamente logró su objetivo.
En todas sus participaciones expresaba frases desafortunadas: “al diablo las instituciones” o la famosa “cállate chachalaca” y una serie de declaraciones que polarizaban o violentaban el ambiente político electoral.
Terminado el proceso electoral se propuso otra importante tarea: perder en el menor tiempo posible su gran capital político.Realizó un acto totalmente desproporcionado en la plaza de la Constitución, en donde se proclamó “Presidente Legítimo” y de manera solemne le impusieron una banda presidencial, procediendo a tomar la protesta al “gabinete presidencial legítimo”.
Descalificó y presionó para quitar a los integrantes del Instituto Federal Electoral que habían sido electos constitucionalmente en el año 2003. Una vez logrado este capricho, después de un largo y desgastante proceso se logró integrar un nuevo IFE, al que López Obrador descalificó de inmediato y remató diciendo contundente “que no lo aceptaba”.
Por último, tenemos el caso de la reforma petrolera en la que gracias a su terquedad, y la de otros muchos representantes populares de todos los partidos, se logró eliminar todo intento de privatización de Pemex, por lo que hoy contamos con una reforma bastante aceptable, incluso exitosa.
Nuevamente López Obrador encontró la forma para convertir este significativo avance democrático en una derrota exclusiva para él.
No hay que estar buscando estrategias ni explicaciones que no existen, porque esta ha sido la realidad. Esa es su naturaleza.
La explicación es sencilla: hay personas en la vida que tienen la habilidad de dominar el arte de convertir las victorias en derrotas y los logros en fracasos.
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=394533
jueves, 30 de octubre de 2008
El arte de convertir las victorias en derrotas
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