Redacción de El Sur
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Jueves 18 de Septiembre del 2008
Ramiro Arredondo-Hernández
Esta sería la frase expresada por el periodista Carlos Loret de Mola la mañana del 18 de septiembre en su noticiario tan pronto terminara la entrevista a cierto secretario que diera la impresión de ser el mayor experto en evadir responsabilidades del mundo.
Ese ‘no hagan pendejadas’ estaba dirigido a esa juventud que desde los 12 años consume enervantes y que quizás sin saberlo está despertando al dragón de la criminalidad que hoy estrangula al país. Aunque detrás de la frase de Loret de Mola pudiera residir el mismo estado de ánimo que angustia a la clase pensante luego de los atentados de Morelia. Una suceso que luego de calificarse como el colmo de las cobardías que nos lleva a exigir explicaciones cuando el propio gobierno ya calificara de terroristas a tales atentados contra el pueblo michoacano. Y es que el terrorismo existe con causas justificadas y cada atentado es en si mismo una declaración pública que identifica al o los autores. Ora que ya tratándose de terrorismos éstos no necesariamente están ligados con grupos u organismos criminales, cuando los atentados pudieran gestarse desde las mismas entrañas de los gobiernos, baste recordar aquélla guerra sucia que se auspiciara desde la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz. Así, dados estos antecedentes históricos podemos corregir a quienes simplonamente contemplan al terrorismo de Morelia como una novedad al ignorar la cadena de hechos que a partir de 1968 costara la vida a cientos si no miles de estudiantes que hubieran sido tomados como objetivo por el gobierno durante las siguientes dos décadas. Pero para acercarnos a la verdad habría de localizarse antes que nada, cuál fue el móvil detrás de la detonación de dos granadas fragmentarias entre aquel gentío que se diera cita para celebrar el Grito de Independencia en pleno centro de Morelia. ¿Qué se pretendía lograr masacrando a inocentes que ni la debían ni la temían? Porque salta a la vista que las dos explosiones tendrían por objetivo el instigar al pueblo haciéndolo partícipe directo de una circunstancia que hasta ese momento sólo atañía a los gobiernos y al crimen organizado. ¿Qué se obtendría incluyéndose al pueblo en la ‘guerra de Calderón’? Éstas y otras preguntas vienen formulándose desde la mañana del 16 de Septiembre cuando México diera la triste impresión de haberse quedado sin expertos en criminalística que otorguen una linealidad lógica a la explosión de dos artefactos explosivos que las autoridades ni tan siquiera pudieran confirmar como granadas de fragmentación. ¿Por qué tanto sigilo y reserva cuando basta tan sólo con reunir algunos fragmentos y espoletas para deducir qué clase de artefactos se detonaron llegándose incluso a conocerse marca y modelo de los mismos? ¿Será acaso por temor de que esos explosivos lleguen a relacionarse con el inventario en manos del ejército? Mal y de malas si llegara a relacionarse de nueva cuenta esa indefectible presencia de ex policías y ex militares en casi todos los atentados y ejecuciones preguntándonos por qué razón Morelia sería la excepción de esta regla. Porque estos atentados lejos de casuales ostentan una causalidad que exige ser dilucidada de inmediato para evitar que así como el gobierno achaca autorías al crimen organizado, llegara a argumentarse un instigamiento de la contraparte. Y es que ante la ausencia de profesionalismo de los investigadores cada evento se nutre más de las hipótesis que de esclarecimientos. Baste sopesar una teoría que sugiere otra vertiente menos conspirativa cuando ambas granadas pudieron ser lanzadas por ajustes de cuentas entre el crimen organizado resultando en daños colaterales nunca vistos con anterioridad. O esa otra, que malicia la presencia de militares detrás de un atentado que se da ante una gubernatura perredista y en un estado que fuera cuna de Felipe Calderón. La pregunta de ‘¿qué se pretendía dañando al pueblo?’ cobra mayor importancia conforme pasan los días y las autoridades dan impresión de querer salir a la caza de chivos expiatorios, como siempre. Ya al margen de figuraciones lo de Morelia exige explicaciones cuando esta forma de terrorismo asume una crueldad y estupidez sólo comparable con la de ETA en España. Queda pues al gobierno calderonista también reconocer su responsabilidad cuando sus fuerzas armadas parecieran más interesadas en participar en el desfile que en proteger a la patria contra sus enemigos. Esta y otras anomalías más pudieran estar angustiando el ánimo de una clase pensante que al igual que Carlos Loret de Mola recomienda a las autoridades otro ‘no hagan pendejadas’.
http://www.periodicoelsur.com/noticia.aspx?idnoticia=25595
martes, 23 de septiembre de 2008
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